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jueves, 22 de diciembre de 2011

El metro

Era una fría mañana de diciembre, hacía frío, mucho frío, pero era de esperar siendo invierno, me puse algo de abrigo y salí de casa. Mi padre se había marchado a trabajar hacía un rato.Vivía con mi hermano y mi padre, ya que era huérfana de madre. Mi hermano estaba en la universidad y yo terminaba la secundaria este año. No me apetecía ir al instituto, hoy no. Nunca me había saltado las clases pero esta vez la ocasión lo permitía.
No soportaba verlo con ella, con mi mejor amiga, no podía; había perdido a mi novio que ya era suficientemente doloroso como para soportar verlo con ella. Que tonta fui, por un momento me sentí como la mas especial, la chica de la que estaba enamorado, luego comprobé que no era así. Los ojos se me llenaban de lágrimas al recordarlo.
Todo comenzó una calurosa noche de agosto, yo salí con mis amigas a una discoteca y bailamos, bebimos y nos lo pasamos como nunca antes lo habíamos hecho. Salí fuera de la discoteca a que me diese el aire y me fumé el último cigarrillo que me quedaba; comprobé si tenía algún nuevo mensaje o llamada en mi móvil pero la respuesta fue negativa. Y de repente, apareció él con su moto y paró justo delante de mí. Pensé que se había equivocado o que simplemente venía a pedirme fuego, pero no fue así. Se sentó a mi lado y comenzó a hablarme, parece mentira que después de dos meses me sepa de memoria la conversación:
- ¿ Sabes que fumar es malo para la salud?
-¿ Perdona?
-Que si sabes que fumar es mal...
- No, si te he oído, ¿ a ti no te han dicho nunca que no se habla con desconocidos?
- Si alguna vez me lo dijeron pero contigo me he arriesgado.
- ¿Y eso por qué?
- Me has parecido interesante.
-Ja ja ja, ¿es eso lo que les dices a todas?
- Pues si, y normalmente me funciona pero contigo no me está dando resultado.
- Pues no, lo vas a tener difícil si quieres algo conmigo.
Y así finalizó nuestra conversación, regresé a la discoteca donde estaban mis amigas y nos pusimos a bailar. Pasados 10 minutos noté que alguien me agarraba la mano, y me arrastraba fuera de la pista; no pude ver de quién se trataba con el gentío que habitaba aquella sala, hasta que me dí cuenta de que era él:
-¿ Qué haces?-le dije.
-No me has dicho tu nombre aún.
-¿ Porqué debía hacerlo?
-Por que yo te he dicho el mío.
-No lo has hecho.
-Mateo, ahora si que te lo he dicho-me dijo esbozando una gran sonrisa.
-¿No te vas a rendir, verdad?
-No, nada de eso.
-Esta bien, me llamo Cristina.
-Con que Cristina, bonito nombre.
-Gracias, y ¿ahora me dejarás en paz?
-No, sin antes bailar.
Y sin dejarme contestar me llevó a la pista de baile, donde bailamos prácticamente toda la noche. Desde ese momento nos hicimos inseparables, hasta que un día comprendí que nunca le importé.
Fue una lluviosa tarde de septiembre; fui a darle una sorpresa y le vi con ella, en aquel restaurante italiano que tanto nos gustaba. Se me partió el corazón en dos y comencé a temblar, eché a correr lo más rápido que pude. Nunca había llorado tanto, después de dos horas de haber estado llorando en la calle, volví a casa y me encontré a mi hermano y a mi padre, nada más llegar se dieron cuenta de que no estaba bien pero no pudieron hacer nada para remediar mi tristeza. Me pasé semanas sin comer, sin salir a la calle, sin hablar con nadie; totalmente desconectada del mundo exterior.
Fue mi primera gran desilusión y me sentí realmente engañada y sin ninguna salida a mi alrededor, por eso decidí ser fuerte y rehacer mi vida pero hoy no he podido tener esa fuerza de voluntad para hacerlo.
Cojo el metro sin rumbo fijo, solo quiero despejarme las ideas; pensar en algo que no tenga que ver con Mateo y Laura y olvidarme de todo. Cojo el Ipod y me coloco los auriculares en las orejas para escuchar la música. Sin darme cuenta me duermo durante media hora más o menos, y al abrir los ojos me sorprende una voz masculina:
-Perdona, ¿me puedo sentar?
-Claro- digo sobresaltada y me coloco en el asiento de a lado para dejarle pasar.
-Lo siento, ¿te he despertado?
-No, tranquilo estaba despierta- miento.
-A menos mal... por cierto, soy Sam.
- Yo Cristina, encantada.
-Igualmente- dice.
Tenía unos preciosos ojos verdes y el pelo castaño, aparentaba mi edad o quizá un poco mayor. Me contó que estaba terminando el Bachillerato y que el próximo año quería entrar en la universidad de medicina aquí en Madrid. Era un chico muy simpático con el que mantuve una estrecha conversación en el metro; hasta que me di cuenta de que la siguiente era mi parada:
-Sam me tengo que ir, vivo aquí cerca y no he ido al instituto será mejor que avise a mi padre de que estoy bien.
-Vale, me ha encantado conocerte espero que nos veamos pronto.
-Eso está hecho- nos despedimos con dos sonoros besos y nos dimos los números de teléfono.
A partir de ese momento me encontré con Sam durante todos los trayectos de metro que hacía y empecé a experimentar la misma sensación que me pareció haber pérdido para siempre.
Ahora mismo siento un enorme cosquilleo dentro de mí, no pensé que nada de esto pasaría y menos a mí, pero la vida me acaba de demostrar que la esperanza es lo único que se debe conservar con perseverancia.



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